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LOS PERROS por Alexis Maldonado

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A menudo me siento culpable porque descubro que me gusta matar perros. Veo uno y me veo atándole el hocico, las patas. Me veo rompiéndole las orejas y arrojándole puntapiés en los costados y la nariz hasta que nazca la sangre. Cargo mi peso sobre sus patas mientras lo observo sacudirse, luchando por librarse de mi peso y los nudos que lo atan. Le dejo aquietarse, luego de romperle sus patas antes de desatarlo. Entonces, hago que algunos caminen hacia el patio (a éstos decido cortarlos solamente), echo llave a las puertas y dejo que caigan; los otros, los que corren por su cuenta, cuando se miran libres, hacia lo que piensan es una salida, a esos prefiero matarlos con un punzón y atravesar su cuello. La casa se llena de sangre. Luego quedan rígidos. De ese modo soy libre para caminar a gusto, ya ningún perro molesta demasiado, aunque mi casa siempre haya sido grande. Desde que nací estoy recordando todas sus salas. Recuerdo, de pronto, menos por la puerta que por el tragaluz, los libros que caen en mis manos. Aparecen a todas horas, esparcidos por el suelo. Todos diferentes uno del otro. Los recojo y apilo cerca de la chimenea. Alguna vez hice un arco con ellos. No tienen remitente como tampoco traen factura. Yo decido apilarlos. A veces, muy raras veces, también aparecen cuadernos, mientras deambulo al acecho de los perros. Estos los guardo aparte; vienen escritos en una letra que no consigo entender. Por eso prefiero matar a los perros. No tengo claro cuándo comenzaron a aparecer en mis recuerdos, solo sé que han estado aquí desde siempre. Supongo que alguno de ellos me crio y que nací de una perra. Sin embargo, sé que nunca he sido como ellos. Lo reconozco en mi autoridad: no es algo casual que en esta casa no haya espejos. Entonces la guerra aullaba por los pasillos y no podíamos desoír cualquier amenaza. Encomendé a los perros romper todos los espejos en salas y habitaciones, con ellos les enseñé a defenderse, a abrir determinados puntos en el cuerpo de los otros y herirlos de muerte. Supe entonces que la guerra era diferente para ambos. Muchos murieron en manos de perros sedientos de sangre. Nuestro bando fue el ganador pero los tiempos han cambiado. Hoy es cuando decido matar a mis perros, uno por cada día de paz. Muy seguido me sorprende el hastío que arrastra consigo la paz. Solo nos miramos, los perros y yo, sin nada que decirnos o hacer. De pronto me aburro del olor a mierda y decido matar al primero de ellos que encuentre defecando. En apariencia la medida ha sido efectiva: la mayor parte de ellos contiene las ganas ahora. Sin embargo, muchas veces los descubro en el esfuerzo de limpiar con sus patas la secreción que han cagado (a estos prefiero colgarlos de las lámparas más altas del salón principal donde, con el tiempo, vemos los cuerpos añejos y putrefactos). Camino entonces por los pasillos en silencio, entre las sombras, con mis manos a los lados y mi sexo al aire, buscándolos. No tengo nada en mente. Camino largo tiempo, a la zaga, hasta el fin de la casa. Me interno en las salas donde la oscuridad es húmeda, abultada. De pronto me descubro cansado y busco un rincón en el cual acostarme. Duermo. Despierto al mediodía, con la cabeza pesada. Camino de vuelta y miro a los perros que reposan bocarriba, con el abdomen al descubierto, los ojos cerrados. Me escabullo sujetando las páginas arrancadas de un libro, cuidándome de no ser visto. Agito una mano al aire para librarme de las moscas que vuelan en torno. Vuelvo a las sombras y, cuando estoy seguro de no ser visto, con celoso cuidado, procuro limpiar la mierda caliente pegada en el suelo. Después arrojo los papeles arrugados al fuego, donde los perros se arriman en busca de calor. Allí los miro y pienso que, a veces, no quisiera matarlos a todos.

Alexis Maldonado (Valencia, 1995) estudiante de Educación Mención Lengua y Literatura, en la Universidad de Carabobo.

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